MOMENTO CONSTITUYENTE: ¡NUEVA CONSTITUCIÓN, AHORA!

MOMENTO CONSTITUYENTE: ¡NUEVA CONSTITUCIÓN, AHORA!

Por: César Augusto Aliaga Díaz

Una de las características de las crisis de hegemonía de los bloques dominantes en la América Latina de los últimos años ha sido la apertura de momentos constituyentes democratizadores y no necesariamente a los clásicos periodos de revolución social o de golpe de estado, tal como en el pasado. Así ocurrió con los procesos progresistas de Venezuela, Bolivia, Ecuador hace casi ya tres lustros y, en menor medida, en el caso colombiano como parte de los acuerdos de paz con las FARC de hace poco.
El Perú, que siempre llega tarde a los procesos políticos latinoamericanos (basta recordar que llegamos tarde a la independencia, al proceso de sustitución de importaciones y al neoliberalismo) parece que otra vez recreamos el proceso de refundación constituyente con algo de histórica tardanza. Esto está ocurriendo, básicamente, porque una parte importante de los sectores políticos en disputa por la hegemonía en medio de la crisis global del Estado, le tenía y le tiene un terror al cambio de modelo constitucional, porque en definitiva ella trae la necesidad de democratizar, en más o en menos, el poder y compartirlo con sectores plebeyos, a los que genéricamente no se les quiere reconocer su condición ciudadana y mucho menos su condición de factor central de un nuevo pacto o contrato social.
Pero a pesar de la falta de voluntad de algunos actores políticos llamados a abrir el proceso constituyente, el viejo topo de la lucha de clases va poniendo las cosas en su lugar. Hoy en día es más evidente que se ha abierto ya un momento constituyente, un momento que sólo puede concluir con la adopción de una nueva constitución.
Como hemos comentado en otros lugares, el momento constituyente se configura a través de dos procesos concurrentes: un proceso deconstituyente y un proceso propiamente constituyente. El primer proceso implica el reconocimiento por los actores políticos y por la mayoría de la comunidad política de que la constitución vigente, debe ser renovada, reformada o sustituida, en la medida que ya no cumple con su función de encausar democrática y pacíficamente los procesos políticos sociales. El segundo proceso, el propiamente constituyente, se configura cuando se forma una nueva mayoría nacional constituyente, capaz de reconfigurar el Estado y otorgarle, sobre la base de un nuevo pacto social, una nueva legitimidad.
Los últimos acontecimientos nos indican que el proceso deconstituyente ha concluido, puesto que nunca es más evidente la inutilidad de una constitución cuando los principales actores políticos sienten que ya no encuentran en los cauces constitucionales soluciones o salidas a crisis que sobrepasan los estrechos límites de las vías previstas en la Carta vigente y, en consecuencia, se sienten tentados y se atreven a proponer y abrir caminos extra constitucionales o abiertamente anticonstitucionales.
Es esto lo que ha ocurrido en los últimos días. La propuesta de acortamiento del mandato y la anticipación de las elecciones generales, el rechazo del congreso a esa iniciativa y su intento para elegir, en un proceso express y sin garantías de control social, a los nuevos integrantes del Tribunal Constitucional, la nueva cuestión de confianza sobre tal elección, la consideración por parte del Poder Ejecutivo que su iniciativa ha sido rechazada y su consecuente voluntad de disolver el congreso, respondida con la suspensión del Presidente y la juramentación de la vicepresidenta
Araoz por parte del congreso. Todos estos actos dictados en los límites de la carta de 1993 han abierto un inédito proceso en el que ambos poderes han intentado anularse mutuamente al amparo de presuntas competencias constitucionales.
Más allá de los argumentos sobre la supuesta constitucionalidad de estas medidas, lo cierto es que ya se cruzó el Rubicón, o sea que ya nos encontramos en un terreno que está fuera de los marcos de la Carta de 1993 y que, en consecuencia, se procesará como todo conflicto político en tiempo de crisis de los bloques dominantes, por la vía de la fuerza política y militar. Sólo se saldrá de este limbo constitucional cuando alguno de los factores en disputa haya construido una correlación de fuerzas favorable que incluya el control y dirección de los institutos armados, el respaldo de la opinión ciudadana, especialmente de sus sectores activos que se movilizan y calientan la calle, así como el respaldo de parte importante de los poderes mediáticos y empresariales. Los días que siguen permitirán apreciar hasta donde se reconfigura la correlación de fuerzas, que se espera, por lo visto hasta el momento, que podrían ser favorables a las posiciones del Poder Ejecutivo para dar por concluido el régimen de la Carta de 1993.
Sin embargo, el problema no era cerrar el proceso deconstituyente. El nuevo problema es cómo se pasa de allí al nuevo momento constituyente, a la forja de una voluntad nacional constituyente. Y allí se abre un terreno de disputa en el amplio campo de los que, hasta hora, habían coincidido en el cierre del régimen del 93, expresada simbólicamente en el cierre del congreso y el intento de adelantar las elecciones generales. Y es un nuevo terreno de disputa, porque es claro que no todos estos sectores están por abrir un verdadero proceso constituyente. Un sector probablemente intentará afirmar su propuesta de sólo hacer algunas reformas menores y proponer un recambio de personas en unas nuevas elecciones sin necesidad de convocar a una asamblea constituyente. Otros, persuadidos que el cambio de actores sin cambio de reglas no garantiza nada, pugnaremos por abrir un proceso constituyente democratizador.
La crisis no ha terminado. Por el contrario, se ha pasado a una nueva fase, en la que habrá que definir por la vía política las nuevas opciones en disputa. Los sectores populares que hemos estado hablando de la necesidad de construir una voluntad constituyente desde abajo y desde adentro, tenemos que entrar con gran fuerza a este nuevo escenario de disputa. No deberíamos permitir que se imponga la salida propuesta por las élites y sus aliados de centroizquierda para relanzar, por segunda vez, la Constitución de 93 con algún maquillaje de cambio. El pueblo debe saber que esa salida ya se hizo entre los años 2001-2003, cuando luego de la caída de la dictadura los sectores que apoyaron a Toledo impusieron la continuidad de la Carta Fujimorista con algunas reformas democratizadoras como las que permitieron instalar los gobiernos regionales, sin tocar el modelo económico neoliberal. Y que de ella el pueblo ha sacado poco provecho, porque la continuidad del modelo fujimorista sin Fujimori estuvo construida para beneficiar a los grupos de poder económico que hoy siguen defendiendo, con uñas y dientes, su modelo.
Bajo la consigna de ¡Nueva Constitución, Ahora! los sectores plebeyos, sim compromisos ni componendas con las élites, con claro sentido de nuestra independencia política de clase, debemos afirmar nuestro propio camino, ya que esa es la única vía que nos puede llevar a construir la nueva república, la república de las clases trabajadoras, que sustituya a la decadente república empresarial neoliberal.

This Post Has One Comment

  1. Me parece un buen aporte, pero no presentan modelos de tipo económico o de constitución, ya realizados con éxito en el mundo.

Agregue un comentario

Close Menu