MÁS ALLÁ DE LA IZQUIERDA

MÁS ALLÁ DE LA IZQUIERDA

Director: Marco Sipan

El rechazo a la casta política imperante es eminente. En todo el país se exige gente nueva y honesta. Las clases trabajadoras buscan tener representantes que canalicen sus demandas: más puestos de trabajo, mejores condiciones laborales, aumento de salarios, estabilidad laboral, reducción de precios de la canasta básica, etc.

Durante décadas, las izquierdas pensaron que la acción política en sectores populares era su patrimonio. Pensaron, por mucho tiempo, que la labor era educar a las masas obreras porque estas eran ignorantes de su propia condición. La gran hazaña tenía que ser organizarlos en sindicatos y dirigirlos para que enfrenten con acciones contenciosas contra “sus patrones” y al gobierno. Este esquema de quehacer político casi ha desaparecido.

Hoy día, priorizar la acción política en los sindicatos (casi inexistentes) o manifestarse a través de ellos — como ocurre con los dos partidos comunistas Unidad y Patria Roja, en construcción civil y el SUTEP, respectivamente — es quedar al margen de los procesos políticos. Los viejos dirigentes de las izquierdas del siglo XX, con sus acomodos al establishment, han hecho de las famosas “correas de trasmisión” una tesis muerta.

En política, ganar significa alcanzar una nueva mayoría política y social, y para lograrlo es necesario una estrategia política dirigida a ganar a los nuevos sectores del nuevo mundo del trabajo que se ha ido complejizando en actual aparato productivo nacional. Esta reconfiguración del capitalismo ha hecho que los trabajadores ya no estén articulados en grandes espacios sociales como fueron las fábricas hace décadas; tampoco cuentan con características culturales similares, aun proviniendo de la misma raíz popular. Ya no existe, en el imaginario de los trabajadores, ni la simbología ni el discurso obrerista que cohesionó y le dio identidad durante mucho tiempo.

Son trabajadores que vienen votando desunidos en cada proceso electoral, cada quien apostando por simpatías particulares y apelando a la confianza individual del candidato de moda. Sus preferencias políticas no están asociadas a su identidad como trabajador. El voto cerrado de los trabajadores de cada sector que antes se negociaba entre las agrupaciones de izquierda, hoy es irreal. Sin obreros, ni campesinos, ni movimiento estudiantil, ni artistas organizados en un movimiento contestatario como hace 50 años, las tesis de las izquierdas solo sirven para manchar el papel.

Durante años, las izquierdas, en cada proceso electoral, han aspirado a que el respaldo sea a través de la elevación de consciencia de los votantes, es decir, los que deberían votar por la izquierda serían los más conscientes, los más inteligentes, los incorruptibles. Este fetiche, sin embargo, lo ha llevado a la derrota en cada elección.

Esta posición es la que existe como tras fondo en el discurso de agrupar a las diferentes organizaciones en un único programa, en un solo frente y con un candidato de consenso. Hasta hoy, en el Perú nunca ha habido una victoria que valide esa aspiración. Este sueño de los vetustos izquierdistas antepone lo moral y lo ideológico, incluso lo orgánico, a la batalla política. En lugar de plantear una estrategia de guerra contra los enemigos, se conforman con una resistencia moral muy parecida a la penitencia cristiana. Mariátegui diría: pasaron de la elevada “moral de productores” a la miserable “moral de esclavos”.

Por eso urge a la nueva generación de políticos radicales ir más allá de estas izquierdas.

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