LOS PARTIDOS EN EL PERÚ Y LA UNIDAD

LOS PARTIDOS EN EL PERÚ Y LA UNIDAD

POR: DAVID PORRAS.

No puedo dejar de iniciar este artículo con la esperanza de que sea tomado como ideas para el debate y la acción. Un principio del «marxismo» es interpretar al mundo y sus contextos, no para quedarse en la contemplación y la conformidad de competir, con solo ejercicios teóricos abstractos en la búsqueda de acercarse a la verdad, sino para trasformar la realidad. Cada interpretación, análisis, diagnóstico, opinión, etc; deberían, para los espíritus revolucionarios, estar orientados decididamente a transformar el estado de las cosas y a la convocatoria a la acción y el diseño permanente de estrategias. Asistimos a una sociedad que queremos superar, por lo tanto, no hay, no habrá tiempo para los análisis o debates estériles, en especial para los hombres y mujeres de partido.

La unidad y la confrontación, dialécticamente, dos aspectos fundamentales para todo desarrollo, ha venido siendo concebido erradamente por muchos sectores de la izquierda como algo negativo.

En el campo de la derecha, no se hacen problemas debido a que ellos están en su sistema; la sociedad funciona para ellos naturalmente. Hasta los derechos humanos indispensables se han convertido en mercancía; los medios, su sistema educativo y su dominación cultural consolidan todos los días sus ideas-fuerza; el Estado defiende sus intereses, ven fallas en este, pero consideran que competitivamente entre sus representantes hay propuestas y figuras alternativas suficientes que pueden hacerle reajustes. A lo más sugieren reformas para que nada fundamental cambie, y listo. Así, hasta el momento su sistema de partidos–negocio o franquicias y plataformas personales de algún clan les ha sido funcional.

En los tiempos actuales de la vida política peruana, vemos una dispersión total de agrupaciones, confluencias, colectivos, organizaciones partidarias de derecha y de izquierda. La mayoría surgen como hongos, pero sin ninguna justificación social, política ni menos ideológica.

En primer lugar, ¿qué tienen en común los partidos y organizaciones de izquierda y derecha, al menos la mayoría de ellos? Pues el ocultamiento de su identidad. Los partidos de derecha no mencionan que lo son, se reclaman independientes y otros mañosamente afirman que el concepto de derecha e izquierda ya no existe. Y que todo lo hacen y se inspiran por la democracia y el bien del país, etc. En ellos se distinguen tres instituciones que lo son: los apristas (que ya no les queda nada de socialdemócratas y sí mucho de nuevos fundamentalistas del neoliberalismo), el socialcristianismo del PPC, con escuela política y reclutadores de tecnócratas neoliberales, y los populistas de AP que nacieron como reformistas de la clase media en las épocas del estado oligárquico, para luego afirmarse como un partido demo-burgués clásico con un ala hacia el centro-derecha.

Los demás del espectro de los grupos derechistas son pragmáticos neoliberales y populistas de derecha como el fujimorismo, que contiene incluso sectores fascistoides. Pero nada de esto es sincerado, no es manifestado por sus protagonistas o representantes. Su estrategia es mantener la imagen más ampliamente diluida ideológica y políticamente frente a los electores. Este es el andamiaje partidario y su comportamiento marcado desde la instalación del fujimorismo, también en la forma de la representación política, desde los 90s.

En el campo de la izquierda sucede que todos afirman que esa es su identidad. Sin embargo, contagiados por la ideología individualista y pragmática imperante en las últimas décadas, no tienen justificación programática ni ideológica la división de varios de ellos. Es obvio que lo natural es que existan socialdemócratas, socialistas, comunistas, ecologistas radicales y hasta liberales y progresistas, pero casi nadie defiende como tal estas categorías o tendencias con las que dicen oponerse al modelo y a la república actual. Algunos quieren transformarlo radicalmente o, en otros casos, reformarlo, pero tampoco hay transparencia en su identidad. Por lo tanto, se pierde la posibilidad de un debate de ideas abierto y amplio, único camino para establecer puentes de unidad o al menos solo niveles de alianzas o confluencias de diferente alcance.

La división y los procesos de unidad o confluencias solo tienen sentido y alcanzan su viabilidad si se dan a partir del debate, pero sobre todo cuando se sinceran las identidades y los objetivos históricos de las clases sociales que cada uno aspira a representar. Las alianzas sobre los acuerdos entre personas con liderazgos o cálculos de círculos o cúpulas basados en índices de aprobación que los medios de la derecha manejan sistemáticamente es el peor y nulo camino de la unidad o, por lo menos, para el accionar conjunto táctico o estratégico.

No está de más decir que sostengo esta posición no como parte de un ejercicio teórico. Es simplemente la realidad de la historia de las izquierdas en nuestro país que hemos constatado en la práctica (único criterio de la verdad), en los últimos 40 años. En las masas hay un instinto de clase que, aunque espontáneo, sabe valorar cuando hay momentos de unidad triunfantes. En breves momentos de nuestra historia sí pudimos sentir momentos de victoria y ascenso de las fuerzas populares; el fracaso no ha sido responsabilidad del pueblo.

El camino a la victoria exige hoy poner en la mesa gestos, acciones y decisión para superar y transformar primero la disposición con hechos, de los que aspiramos a ser vanguardia en la historia de los humildes de nuestra patria aun a costa de renunciamientos, así como de mucho trabajo para reencontrarnos con nuestra base popular. Con vocación de hegemonía y poder, las organizaciones de izquierda no pueden ser más una masa amorfa y con identidad diluida. Autoproclamarse de izquierda no dice nada en la actualidad. Un primer paso debe ser el sinceramiento de las tendencias e identidades a las que nos reafirmamos.

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