LA EMERGENTE PROPUESTA POR LA NUEVA CONSTITUCIÓN

LA EMERGENTE PROPUESTA POR LA NUEVA CONSTITUCIÓN

POR: RUBEN CALDERON

 

Realizando estudios sobre el origen del género humano, el abogado y antropólogo norteamericano, Lewis Henry Morgan, en su obra cumbre, “La Sociedad Primitiva”; indica: preceden a nuestros días, una formación gradual y el desarrollo subsiguiente de ciertas ideas, pasiones y aspiraciones; en tal sentido, explica que “(…) el hombre empieza su vida al pie de la escala, labrando su ascenso, del salvajismo a la civilización, mediante lentos acopios de la ciencia experimental. Del mismo modo que es indudable que cierto número de familias humanas han existido en estado salvaje, otras en estado de barbarie y aun algunas en estado de civilización, de igual forma parece que estas tres condiciones diferentes se entrelazan debido a una sucesión tan natural como imprescindible de progreso”[1].

En sintonía con lo formulado por, Lewis H. Morgan, el filósofo prusiano Ernst Cassirer, en su libro, “Antropología Filosófica”, describe: “en la historia del género humano, el Estado, en su forma actual, es un producto tardío del proceso de civilización. Mucho antes que el hombre haya descubierto esta forma de organización social, ha realizado otros ensayos para ordenar sus sentimientos, deseos y pensamientos (…)”[2]

Centro el debate sobre la Nueva Constitución, partiendo de lo planteado por los autores citados, con la finalidad de fijar un punto de referencia en este infinito progreso del ser humano, quien a su vez, en su largo tránsito del salvajismo a la civilización, siempre ha buscado organizar su subsistencia, su gobierno, su familia, su lenguaje, su religión; a través de elementos simples hasta llegar a los más especializados de acuerdo a la complejidad de sus sociedades, sin perder de vista, que a pesar de carecer de gobierno en alguna de sus etapas inferiores, siempre han existido rangos y jerarquías.

Visto en perspectiva, la historia humana, lejos de concluir, se manifiesta cada vez más compleja y en pleno desarrollo; llevando consigo nuevos estilos familiares, formas distintas de trabajar, de vivir, con nuevos conflictos políticos, medioambientales y económicos; los cuales inevitablemente nos invitan a realizar un profundo análisis sobre las dimensiones de los impactos que llevan consigo estos cambios, y si las bases que cimientan nuestros Estados, son las adecuadas para enfrentarlos.

Hemos detallado entonces, que lo conseguido por el hombre a través del largo tránsito de su historia, hasta la actualidad, no implica que las cosas hayan llegado a su fin, o que su capacidad creadora se haya agotado y en consecuencia, todo debe quedar inmodificable. Afirmar aquello, sería negar nuestra propia naturaleza.

Pero, como se advierte por otra parte, a lo largo de la historia, en contraposición a las fuerzas que impulsan el desarrollo, paralelamente, existen fuerzas que lo retrasan, que se limitan a conservar con injustificadas razones, la presencia de algunas instituciones que funcionalmente se agotaron o caducaron.

Sobre lo último, es el caso de lo que ocurre con el “establishment” en nuestro país; cada vez que planteamos el debate por una Nueva Constitución, desatan las más intensas pasiones entre los voceros de la derecha peruana, desde Mijail Garrido Lecca, seguido por el “rabioso” Aldo Mariátegui, el moderado Federico Salazar hasta llegar al constitucionalista, Domingo García Belaúnde; todos tratando de justificar a una sola voz, que todo debe mantenerse tal cual, que todo está bien; hasta calificar de propuestas “ingenuas”, “ridículas” o “facilistas”, a quienes sostenemos que ha llegado el momento de activar, el poder originario, para la Nueva Constitución.

¿Por qué?, porque, es a través del texto constitucional que se define la marcha y conducción del Estado, porque es a través de la Constitución, la forma más cercana para mirar a nuestro país, la manera en que fijamos, qué tipo de sociedad es la que pretendemos construir, además de plasmar el contingente de disposiciones en torno a derechos económicos, sociales y culturales.

La actual Constitución de 1993 – lejos de los apasionamientos políticos – debemos decir, con total imparcialidad, que ha caducado; no por el solo hecho de que es el resultado de un autogolpe de estado, fomentado en los años 90, sino, por la razón fundamental de que los intereses y propósitos caducaron también, con la caída de quienes la promovieron – hoy en problemas con la justicia – propósitos que en la actualidad sentimos los estragos, por los graves casos aún sin resolver en temas de corrupción, en los niveles de desempleo, estancamiento educativo, lentitud en los procesos de acceso a la salud pública, problemas de tipo medioambientales con latentes conflictos sociales, culturales y sobre todo, por la fragilidad económica, que al depender de una economía primario – exportador, no garantiza prosperidad, tampoco estabilidad, ni mucho menos desarrollo sostenible.

Una Nueva Constitución, permitirá superar la aguda crisis del sistema jurídico – político en nuestro país, el cual evidencia supinamente, ineptitud en su conducción y lentitud en la administración pública, producto de un exceso burocrático; el mismo que actúa en contradicción, entre lo que disponen sus principios rectores y el ejercicio de sus obligaciones; necesitamos fortalecer al Estado, a través de sus instituciones, pero con reglas de juego diferentes a las que hoy en día son causantes de esta crisis.

No cabe duda, que la emergente propuesta sobre la Nueva Constitución, se hace cada vez más entendible y necesaria; el ciudadano de a pie lo viene haciendo parte de su cotidianidad, así mismo, podemos notarla incluida en los recientes discursos de varios sectores de la política nacional, unos tratando de ser cuidadosos y quienes si estamos convencidos que aquél, es el camino.

[1] LEWIS H. MORGAN: “LA SOCIEDAD PRIMITIVA”. Pág. 77.

[2] ERNST CASSIRER: “ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA”, Fondo de Cultura Económica, 5ta. Edición en español, 1968 –México. Pág. 57.

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