LA CONVIVENCIA Y LA CRISIS DE CONFIANZA

LA CONVIVENCIA Y LA CRISIS DE CONFIANZA

Por: Juan Ravines

El ser humano es un ser social, un ser constituido en y por las relaciones con sus pares que lo acogen y reconocen. El mantenimiento de la convivencia es por ello una necesidad ontológica, la base para la máxima expresión de las potencialidades humanas.

Convivencia no es igual a homogeneidad, ni siquiera a consenso, el ideal de la convivencia debe orientarse a permitir el disenso y mantener la diversidad, la heterogeneidad. Son muchos los elementos que posibilitan la convivencia como las estructuras estatales y las leyes, las costumbres, pero el que debe llamar nuestra atención sobre los demás es la confianza.

Erick Erickson decía que el desarrollo de lo que denominaba confianza básica, producto de la naturaleza de las primeras relaciones parentales, era la base para el desarrollo humano ulterior. Y a decir de Simmel, la sociedad no sería posible sin confianza. Entonces, ¿qué podemos esperar cuando la confianza entra en crisis?

El modelo neoliberal, del Estado mínimo frente al libre mercado, genera crisis en distintos campos: crisis económica, con la reducción de la oferta de trabajo formal y la pauperización de la mano de obra; crisis política, con la mercantilización y las redes de clientelaje de los partidos políticos; y una crisis de carácter cultural, asociada con la moral o la axiología que rige en la sociedad y es constituyente de la subjetividad- intersubjetividad. La crisis de la confianza forma parte de esta crisis cultural o moral, que evidenciamos todos, en la vida cotidiana.

Por un lado, está la crisis de confianza en las instituciones tal y como evidencian los índices de desaprobación de los poderes del estado; y por otro, la desconfianza interpersonal que fragmenta la relación social, que pospone el encuentro con el otro como mecanismo de protección frente al cínico, al achorado, o al pendejo, todos los cuales comparten patrones de conducta que privilegian el beneficio individual frente al colectivo. Ideas tales como: “roba, pero hace obra”, “seguro quiere coima”, “el más vivo es el más pendejo”, “hecha la ley hecha la trampa” o “si él no respeta la ley, por qué yo tendría que hacerlo”; forman parte de un mismo discurso y de un núcleo de sentido que hace de la desconfianza una actitud social permanente.

Si como señalamos, la sociedad no es posible sin confianza, la desconfianza imperante ¿es sinónimo de una sociedad imposible? Evidentemente no hemos desaparecido, pero nuestra existencia en la medida de la agudización de la desconfianza, se volverá cada vez más difícil. ¿A quién le gusta vivir en permanente desazón, con inseguridad y con la sensación de una permanente  violencia cotidiana? Eso no es vida.

Trabajar por una alternativa al modelo neoliberal implica buscar el restablecimiento de la confianza institucional e interpersonal, base de una convivencia social que supere la actual fragmentación. Y a su vez, la recuperación de la confianza implica una cambio en las actitudes, específicamente, en los significados de lo que entendemos por correcto e incorrecto, por Ley, Gobierno, por Nación, por Perú.

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