¡FELIZ DÍA, HERMANOS CAMPESINOS!

¡FELIZ DÍA, HERMANOS CAMPESINOS!

POR : KELY IDROGO ESTELA

Hoy miércoles 24 de junio, día en el que nos quitamos el sombrero para ovacionar a nuestros hermanos campesinos de todos los rincones de la patria, es preciso recordarle al gobierno de turno que los esfuerzos desplegados, con la finalidad de que se reconozca al Estado como el ente rector de la vida de cada uno de los peruanos, sin excepción, son todavía acciones imperceptibles. Un mero saludo a la bandera. La independencia criolla nos está pasando factura. A casi doscientos años de aquel hito histórico, lo cierto es que el Perú profundo no tiene nada qué celebrar.

El campesino del ande es víctima hasta la actualidad de la ausencia del Estado, el mismo que no ha podido en estos dos siglos de supuesta independencia, pintarse de todas las sangres. La inexistencia de políticas públicas que permitan garantizar un salario digno a nuestros conocedores ancestrales de la Pachamama, nos devuelve a la infranqueable realidad, aquella que nos recuerda que seguimos siendo un país donde la injusticia social es la constante.

Pese a los traspiés de un Estado inexistente para los pobladores de las zonas rurales y altoandinas de nuestro país, el desgobierno no ha provocado descontrol ni anarquía en estos sectores; por el contrario, se ha constituido involuntariamente como el factor indirecto para propiciar una masa incandescente de viva organización.

Estas relaciones de colaboración comunal nos permiten observar la importancia que tiene la organización colectiva en la vida de los pobladores de los territorios más alejados de nuestra patria. Verbigracia en las tareas agrícolas, pero también para hacerle frente a la delincuencia, la que es juzgada en función a los principios que sustentan la justicia consuetudinaria.

No obstante lo referido líneas ut supra, las consecuencias nefastas de la centralización han favorecido por décadas, el éxodo de las poblaciones campesinas hacia las grandes urbes, las que tampoco cuentan con programas de contingencia para frenar y dar solución al desborde poblacional, que a fin de cuentas significa el inacceso a los servicios más básicos, así como el riesgo de construcción de viviendas en las zonas ribereñas, que en épocas de fuertes lluvias no son indiferentes a los desastres naturales.

Los costos de un Estado subsidiario, por no decir fantasma, son cubiertos en su gran mayoría por los sectores más golpeados de nuestra frágil sociedad, pero incluso con mayor crudeza por aquellos sectores que el Estado ha abandonado con su indiferencia. Entonces recordemos, para que no se repita: ‘no se puede llegar con escuadrones de la muerte, ni con armas a aquellos lugares donde no se llegó con centros de salud ni educación, previamente’.

La insensatez de los gobiernos genocidas que muy bien conocemos, lejos de haber trabajado por la paz, la reconstrucción y reconciliación en nuestro país, han hecho un festín de sangre con muchos de nuestros compatriotas, principalmente, campesinos. Es por ello que todavía es difícil agasajar su día sin traer a la memoria sucesos oscuros que han mancillado para siempre la dignidad y temple de muchos de nuestros pueblos.

Y aun así –no sin cierto orgullo–, declaramos que de la anacrónica servidumbre, a los desafíos que supone un sistema de distribución de riqueza desigual, el campesino continúa en la brega, y allí donde no hay más Estado, hermosas como flor en primavera se alzan las organizaciones comunales, siendo hijas predilectas de estas últimas, las fuertes y valientes rondas campesinas.

Que su siempre viva organización y lucha sea la chispa que permita incendiar la pradera.

 

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