EL FRACASO DE LA IZQUIERDA ANTI-FUJIMORISTA

EL FRACASO DE LA IZQUIERDA ANTI-FUJIMORISTA

Por: Diego Neyra

El fujimorismo impuso el neoliberalismo en los 90s con todas sus características. Según el ya clásico libro “Historia de la corrupción en el Perú”, Alberto Fujimori encabezó el gobierno que más desvalijó al país. Superó y dio cátedra de latrocinio al oncenio de Leguía y al primer gobierno aprista. Y con creces. Pero no solo desvío una cantidad increíble de fondos del tesoro público a cuentas personales de su organización delictiva. Literalmente, “vendió el país a precio de huevo roto”. Descapitalizó y desnacionalizó el Perú. Impuso la constitución de 1993, que consagró el modelo económico-social actual, que permite, además de la corrupción estatal, que las grandes corporaciones manejen el Estado a su antojo y, por otro lado, desvíen sus utilidades a paraísos fiscales.

Por supuesto, hubo respuesta. Y Fujimori cayó. Pero no se desmanteló el sistema neoliberal. ¿Cuál fue el rol de las izquierdas entonces y ahora? En primer lugar, se reconstituyeron. Las izquierdas partidarias tradicionales quedaron ancladas a sindicatos progresivamente menos representativos y quebrados. Y aparecieron las versiones políticas de la izquierda de ONG. En segundo lugar, los programas variaron: de la propuesta revolucionaria de los 70-80, se derivó a la lucha por la democracia y los derechos humanos. En tercer lugar: cobró fuerza la tesis de que la contradicción principal a resolver era la lucha democracia – dictadura, que a día de hoy cobra los términos fujimorismo – antifujimorismo.

A quienes más les costó teóricamente sostener esta tesis fue a las tradicionales. Los partidos comunistas y los grupos que aún se llamaban socialistas, trajeron al recuerdo la tesis de Mao “Sobre la contradicción”, e incluso algunos invocaron a Dimitrov para sostener esta nueva disyuntiva planteada. Con base en ello, no dudaron en establecer alianzas políticas y de acción con la derecha considerada democrática. La “Marcha de los cuatro suyos” y la candidatura de Toledo constituyeron el clímax de este gran frente por la democracia.

El objetivo central o, para utilizar términos de Mao, la contradicción principal a resolver debía derivar en la caída de Fujimori. Los demás objetivos quedaban en el plano de las contradicciones secundarias y, por tanto, eran subalternos. A los izquierdistas de ONG en cambio, no les costó mucho, pues era el quid de su existencia.

En un contexto dictatorial, de lucha heroica contra un tirano, es comprensible y acertado que el objetivo político central inmediato sea el derrocamiento de tal forma de gobierno. Sumando ello a circunstancias clave, como el debilitamiento político de las organizaciones de izquierda, sindicales, los movimientos sociales y la carencia de liderazgos efectivos, nos encontrábamos ante una situación que facilitó que la “recuperación de la democracia” se restrinja a la salida de Fujimori.

No se tocó, salvo pequeñas modificaciones, la Constitución del 93 y el sistema político se mantuvo. Se mantuvo también el control de la política y los partidos por parte de las corporaciones privadas. Es más, estas se han fortalecido. La burocracia estatal siguió infestada de cuadros fujimoristas. La oligarquía mantuvo su hegemonía.

Como en otros países, una vez logrado el fin de la dictadura, las izquierdas se quedaron sin horizonte y las derechas mantuvieron su hegemonía, ahora legitimada por el “regreso de la democracia”. Como ha ocurrido en diversos casos análogos, se presentó la paradoja de que la lucha contra el dictador, habiendo sido heroica y memorable, era escasa en alternativas reales de poder popular. Derrocado el dictador, logrado el objetivo, el horizonte se terminó y los movimientos políticos otrora revolucionarios, desgastados por la lucha y acostumbrados a clamar por el “regreso de la democracia” liberal, asumieron que, ya que tanto había costado recuperarla, era un bien social que requería ser defendido. Y este el origen ideológico del núcleo conservador de las izquierdas post-dictadura.

Porque una cosa es que durante la dictadura el movimiento revolucionario tenga un objetivo central inmediato y otro que, una vez logrado, se considere que el objetivo sigue siendo válido y se renuncie, en la práctica, a plantear nuevos objetivos, a plantear el derrocamiento del dominio del capital transnacional.

Como el sistema político del fujimorismo sigue intacto y los grupos de poder económico de los 90 se han fortalecido e incrementado su influencia, era cuestión de tiempo para que, en versiones renovadas, regrese. En pocas palabras, las condiciones están servidas para que el fujimorismo o una versión parecida vuelva a gobernar. No requeriría de ningún golpe, de ninguna modificación sustancial del Estado, ni siquiera del cogobierno de las fuerzas armadas. Porque la institucionalidad fujimorista está ahí, intacta. Y sus prácticas y procedimientos también.

Por ello, plantear nuevamente la misma contradicción, expresada ahora en la consigna de “defender la democracia” o “defender la institucionalidad del poder judicial y la fiscalía para luchar contra el fujimorismo”, como lo hace Nuevo Perú y Juntos por el Perú es esencialmente conservador. Peor aún, como alguna vez ha hecho Nuevo Perú, llamar a partidos políticos neoliberales a “unirse en defensa de la democracia” devela un fundamento programático que claramente contradice su supuesta naturaleza anti-neoliberal.

¿Defender qué democracia? ¿La democracia de los grupos de poder que es una dictadura para los pueblos? ¿Defender la democracia de las corporaciones y los lobbys? ¿Defender la democracia fundada en la constitución dictatorial del 93?

Por supuesto, los elucubradores de la “contradicción principal” insistirán en que esta sigue siendo fujimorismo-antifujimorismo. Responderemos que el fujimorismo no va a desaparecer ni será derrotado del todo en tanto la forma de Estado que diseñaron siga intacta. Además, las fuerzas sociales y populares (que no están inscritas en los partidos ni sindicatos tradicionales) no se encuentran en la misma situación de debilidad frente a la hegemonía neoliberal. Existen condiciones para enfrentar y derrotar al neoliberalismo. El fujimorismo ha sido solo uno de sus representantes. Aunque durante muchos años ha sido el más efectivo pretoriano de los grupos de poder económico, no es ni será el único. Ahora que el grupo El Comercio y la CONFIEP le han dado la espalda, aparecerán otros, vestidos de democracia y libertad, de “lucha contra la corrupción”, como Vizcarra, por ejemplo. Queda claro que el papel de portátil que están cumpliendo los partidos de izquierda tradicional (Patria Roja, PCP, PS) y Nuevo Perú no garantizan ninguna esperanza de transformación radical de la patria.

No hay ninguna democracia que defender. Existe una dictadura neoliberal que derrocar. Y solo las fuerzas populares dispuestas a vencer podrán organizar la conquista de la verdadera democracia de los pueblos, plurinacional, de trabajadores y campesinos, de indios y cholos, de mujeres y hombres dispuestos a construir la patria soberana que todos queremos.

This Post Has 2 Comments

  1. O sea, luchas de clases y, luego, lucha armada?

  2. o sea, 29 años nos equivocamos. y donde estaban los mas esclarecidos, que no alumbraron el camino. hay que cambiar de rumbo, esta claro, lo que preocupa es que hacemos con tanto ideologo, opinologo, criticolo y dirigente de cuello y corbata, que vive en la ciudad y no en el campo, que no vive ni siente la pobreza, porque habita en Lima porque milita en el whatsapp y redes sociales de la izquierda. que hacemos con ellos?

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