EL ESTADO, EL ETERNO CHIVO EXPIATORIO NEOLIBERAL

EL ESTADO, EL ETERNO CHIVO EXPIATORIO NEOLIBERAL

POR : COCO URQUÍA

El diario el Comercio ha publicado un artículo de la periodista Patricia del Río (“Que coman tortas”, del 31.10.2019). En él intenta explicar las causas de los problemas que vienen sucediendo en Chile, a través de un sencillo ejemplo.

Resumiendo, indica que para alimentarnos debemos prepararnos tortas, simplificando a dos las formas de producción de dicho manjar; por un lado, los comensales (ciudadanos) podemos encargar dicha tarea al cocinero (Estado, gobierno, gobernantes), pero pagándole (impuestos) para que éste administre los ingredientes, hornee y reparta la torta.

La otra opción planteada dice, todos trabajan (casi insinuando que en la primera forma la mayoría no trabajaría), cada uno se compra sus propios ingredientes y se hornean su propia torta, pero pagando al cocinero el derecho de usar el horno, los utensilios y otros bienes de uso común. Claro que en esta opción también existen algunos que son dueños de hornos, utensilios y otros bienes (los particulares que “hacen” tortas de hasta ocho pisos), y la mayoría de la gente que los usa, les tiene que pagar igual que al cocinero, solo que los grandes privados se cobran de manera subrepticia, encubierta (plusvalía), algo que se omite muy malintencionadamente.

Entonces la autora realiza su análisis. Ni hablar de la primera opción, es estatismo puro. Nos dice que en la primera opción el cocinero se roba la harina, gasta mal los ingredientes y por tanto reparte migajas; mejor dicho, el culpable acá es el Estado. Obvia claro, la injerencia de todas las fuerzas privadas que son justamente las que compran la harina que roba el cocinero, ejercen presión para que les compren sus ingredientes, que muchas veces ni necesitamos, etc. Los privados para Patricia del Río son sacrosantos.

La segunda opción indica que el pago por los bienes comunes sirve para reemplazarlos al terminar su vida útil, mejorar el local y preparar tortas a los que menos tienen, entre otras acciones. Bajo este modelo (segunda opción: neoliberalismo), las cosas deberían funcionar mejor, pues los que preparen tortas de ocho pisos pagan puntualmente sus derechos de cocina (impuestos) para que ésta funcione, y dan trabajo a otros para que todos vayan prosperando. Así, poco a poco ya no se comerían migajas.

Luego de reconocer que este modelo que pareció exitoso, ha empezado a colapsar, Patricia del Río busca su chivo expiatorio, y dice que el mencionado colapso es porque los cocineros (entiéndase aquí gobernantes) se han vuelto ociosos e ineficientes. O sea, el culpable nuevamente es el Estado, pues con el dinero de los impuestos no arreglan la cocina, ni los bienes comunes, y encima no cobran a los que hacen pasteles de ocho pisos por las coimas que reciben los funcionarios del gobierno.

Nuevamente, el sacrosanto es el privado. Solo le reconoce un error a los de tortas de ocho pisos (ricos), puesto que algunos no pagan los impuestos que deberían pagar, y otros pagan injustamente a los trabajadores que hacen las tortas para ellos.

Solo para aclarar debemos preguntarnos ¿por qué muchos no tienen lo suficiente para comprarse sus propios ingredientes? ¿por qué pocos no cocinan ni su propia torta mientras otros tienen que cocinar (léase trabajar) para otra persona y cocinar para la de su familia? ¿por qué son miles los que producen tortas grandes y millones los que se reparten tortas pequeñas, y por qué ha sido así desde hace cientos de años?

La autora del artículo aludido, y muchas veces, hasta los miembros del pueblo combativo, olvidan determinar en las dos historias presentadas, la responsabilidad de los grandes privados (los que, con el trabajo de otros, “hacen” tortas de cinco, seis, siete, ocho y más pisos).

Pero sobre todo en el segundo ejemplo, pues hasta nosotros nos concentramos en maldecir a los políticos, sean de uno u otro bando, y olvidamos que la mayor responsabilidad de la crisis económica, social y política radica en los grandes privados que anteponen su interés particular al de las mayorías.

Nos preocupamos tanto en culpar al Estado y los políticos por sus altos sueldos, pero no cuestionamos las superganancias de los privados; pedimos cárcel para el político corrupto, pero olvidamos al que corrompe y se lleva por ello la mejor tajada del acto ilícito; aceptamos la culpa del Estado por administrar mal los recursos comunes, pero no decimos ni pío cuando con nuestros impuestos tienen que financiar el salvataje de sus empresas financieras por desastrosas administraciones de los privados luego de estafar a miles de ahorristas.

Nuestra hipocresía e ignorancia nos lleva a culpar solo a unos y salvar de la responsabilidad a los principales delincuentes de la sociedad que este modelo defiende, y más bien los encumbra como los responsables del “éxito” de “sacar de la pobreza” a muchos compatriotas. Nada más falso.

Mientras los medios de comunicación hacen que nos concentremos en los errores y delitos que se cometen en el Estado, las grandes empresas pasan piola. Nos preocupamos tanto en la relación del Estado con el particular, que olvidamos la relación injusta entre los particulares dueños y los particulares misios. El trabajador tiene que pagar al cocinero sus impuestos y sufrir el despojo de los dueños de las fábricas donde se producen tortas de ocho pisos. ¿Imaginan un mundo donde ni el Estado ni otra persona se lleve el producto de nuestro trabajo?

Lo que hay que plantear los socialistas es otro modelo, que existe, y no necesariamente estos dos arbitrariamente planteados por la señora Patricia del Río. Imaginemos que cada uno se prepare su torta sin que el cocinero tenga porque actuar como dueño de la cocina, utensilios, etc.; y al mismo tiempo, sin que exista otro ciudadano con capacidad para contratar (léase explotar) a otro. Un mundo nuevo es posible, construyámoslo.

 

 

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