EL CONSENSO DE LA DERECHA
Fotografía: El Comercio/Perú

EL CONSENSO DE LA DERECHA

POR: JORGE LUIS URQUÍA SÁNCHEZ

Ser competitivo en un mercado cada vez más dominado por oligopolios, involucra necesariamente una mayor productividad. Un zapatero será más o menos competitivo dependiendo de si usa la aguja manualmente o utiliza una máquina renovadora para su labor. Asimismo, la productividad de una fábrica dependerá de la tecnología que use; mientras más obsoletas las máquinas, menos productividad de la fábrica.

Por otro lado, si un empresario invierte en una sola rama de la producción, se arriesga a perderlo todo cuando la crisis llegue a dicho sector productivo; pero si diversifica e invierte en diferentes tipos de negocios, se minimizan los riesgos. El Estado mismo será más competitivo si produce, provee o facilita la provisión de tecnología a sus empresarios locales, si para mejorar la capacidad de sus trabajadores aumenta y gestiona mejor los recursos asignados al sector educación, si participa o promueve la participación en diferentes ramas de la economía sin depender de una sola de ellas.

Lamentablemente, tenemos un empresariado y un Estado rentistas, que prefieren la ganancia fácil, sin invertir en conocimientos y tecnología, ni mucho menos piensa alejarse de las matrices productivas que históricamente ha practicado el país.

La CONFIEP, que agrupa a los empresarios, afirma que el Perú es minero y por ello nos hace depender solamente de las actividades extractivas (no diversifica). El Estado neoliberal no se preocupa por aumentar el presupuesto al sector educación (no mejora las capacidades de los trabajadores), ni empresarios ni Estado introducen tecnología nueva que mejore nuestros niveles de productividad (prefieren ganar el dinero recortando derechos a los trabajadores). Recientemente, el mencionado gremio empresarial solicitó que se ponga en marcha el Plan Nacional de Competitividad y Productividad, el mismo que, por incluir el recorte de derechos a los trabajadores como una medida para mejorar la competitividad, obligó el rechazo de las centrales sindicales.

El hecho que el nuevo presidente del Congreso, el cuasi fujimorista Olaechea, en su discurso del 27 de julio defendiera a capa y espada todas las medidas propugnadas por los empresarios, y ello coincidiera con la aprobación por parte del Ejecutivo de dicho plan, solo hace más evidente que las discrepancias entre los sectores políticos de la derecha dominante no son en el campo de la economía nacional, donde más bien llegan a impensados consensos.

La crisis económica del neoliberalismo peruano es innegable, sin embargo, los principales beneficiarios de este sistema tratan de salvarlo, profundizando sus medidas y distrayendo a la clase política en otros temas como las reformas políticas, que nadie niega son importantes, pero que no constituyen el tema fundamental a resolver: la crisis económica y sistémica.

Los medios de comunicación masiva intentan convencernos que existe una pelea entre los sectores conservadores (fujimoristas, apristas, etc.), y los sectores liberales (pepekausas, vizcarristas, etc.), en temas como la reforma política o la forma que tome la política educativa, por ejemplo; sin embargo, es casi seguro que ninguno de ellos quisiera cambiar el capítulo económico de la Constitución del 93.

Nos debe quedar claro, y me refiero a los que sin temor nos consideramos parte de la izquierda radical, que nuestra lucha social y política tiene por finalidad el cambio del modelo económico. Nosotros no nos dejamos engañar por falsas contradicciones, las que pretenden dejar las cosas como están en el terreno económico, mientras nos adormecen con sus luchas internas y fratricidas.

Es ahí cuando comprendemos que por muchas diferencias que existan entre Mulder y Gino Costa, entre Sheput y Belaúnde, entre Vizcarra y Olaechea, todos ellos llegan al mismo consenso: mantener el modelo económico; modelo que es cuestionado desde Talara hasta Puno, desde el rechazo a los peajes en Lima hasta la política petrolera en la selva. Ellos se pelean por lo que no les importa, para mantener lo que realmente les interesa. Nuestro deber es no caer en su juego.

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