AMÉRICA LATINA A PUNTO DE ESTALLAR

AMÉRICA LATINA A PUNTO DE ESTALLAR

DIRECTOR : MARCO SIPAN TORRES

“La vida, más que pensamiento, quiere ser hoy acción, esto es combate. El hombre contemporáneo tiene necesidad de fe. Y la única fe, que puede ocupar su yo profundo, es una fe combativa”. J.C. Mariátegui

Hoy inunda en América Latina, el miedo, la desazón con la vida y el hambre, luego de más de cien días de la llegada de la peste mundial del siglo XXI, pero los pueblos superarán este triste periodo en cuestión de meses y se abrirá uno nuevo, donde habrá más sed de justicia, tras ver como las oligarquías y sus gobiernos se han enriquecido a costa de la pandemia. Y a esta crisis económica, política y social se le viene entrecruzando la de fe de una nueva generación que épicamente quiere entrar en la histórica.

Generación que a finales del año pasado, ha estado presente dentro de nuestros pueblos hermanos en Ecuador, Bolivia y Chile, donde se originaron heroicas protestas que tuvieron tanta intensidad que paralizaron sus sociedades y fue necesario que las oligarquías de esos países junto al imperio norteamericano y sus perros guardianes de siempre, arremetieran con dureza para frenarlos, aun así, valientes alcanzaron victorias en el campo de batalla, dignas victorias que no pudieron lograr modificar la institucionalidad opresora existente más por las maniobras gubernativas que por la correlación de fuerzas reales de los enemigos, así despertaba la segunda década, de este milenio.

Durante todo el año 2019, no solo en esos tres países, sino también en Nicaragua, Colombia, Perú, Honduras, Haití, México, Paraguay, Venezuela, Brasil y Argentina, se agudizaron las luchas sociales que se acumularon durante los últimos años, produciendo que las movilizaciones de cada sector particular en cada país, se articularan en masivas y radicales acciones contenciosas.

Nuestros pueblos generaron marchas gigantescas debelando la crisis económica, social y política que se vive en toda la región, que pone en aprietos la actual hegemonía en las relaciones de poder, que reflejan de manera evidente que el orden actual no le satisface ya a las mayorías que utilizaron plazas, calles, zonas rurales y diferentes lugares frente a los megaproyectos extractivistas para manifestarlo.  Los diversos pueblos de casi todos los países de América Latina habían logrado poner inestables a sus gobiernos, pero también, en el fondo, eran puestas en cuestión las relaciones que ejerce el imperio gringo en nuestro continente, algo que no es nuevo y va acorde con el panorama mundial donde EEUU y China han agudizados sus disputas, en especial en la “guerra tecnológica” con el G5, que se ha convertido en una de las principales batallas políticas.

Junto a la contundente indignación de la ciudadanía y los pueblos que con libre autodeterminación se movilizaban en el continente, también asistían las oposiciones políticas a cada gobierno que aprovecharon las luchas sociales para avanzar en sus objetivos con miras a ser nuevos actores en el poder, pero además en algunos estallidos sociales quedo en evidencia una vez más y sin descaro la injerencia del gobierno estadounidense como en los casos de Bolivia y Venezuela, dejando claro el colonialismo que perdura en el devenir político de América Latina.

Este fenómeno político-social simultáneo en varios países una década después de la crisis financiera de 2008 y década de crecimiento macroeconómico de los mismos, reflejaba que los neoliberales que gobernaron no tuvieron la intención de reducir las desigualdades. Pero también el modelo de “democracia exclusiva de élites”, ha sido rechazado, sean de izquierda o de derecha los partidos políticos no funcionan como interlocutores válidos de los pueblos, la gente no se siente representa en la generación de políticos actuales, las instituciones han perdido legitimidad y el nivel de corrupción ha involucrado a la mayoría de altos funcionarios públicos en cada país. Incluso en los países con gobierno socialistas, el reclamo por una democracia que funcione mejor ha sido uno de los detonantes y la ineficacia para poder modificar sus matrices productivas extractivistas como actividad principal, los somete a las intereses neoliberales mundiales.

Gobiernos conservadores, liberales, socialistas o socialdemócratas, delimitaciones occidentales que de por sí denotan el triunfo histórico de hegemonía moderna occidental, estaban siendo cuestionados por amplios movimientos que reclamaban diferentes demandas, en algunos casos mayor democratización, en otros mayor reparto de la riqueza, es decir nuevos juegos de poder, con nuevos actores y nuevas reglas. Las acciones colectivas del proceso chileno, fueron las más contundentes, desde las calles se impuso el cambio de la Constitución pinochetista. Era difícil no recordar con las imagen de más de un millón de chilenos en la Plaza Italia, las esperanzadoras palabras de un Salvador Allende a punto de entregar su vida por la libertad: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre”.

En Bolivia, se ha mostrado el abusivo y criminal comportamiento del imperialismo gringo cuando las cosas no son a su favor, en este país hermano, ha ocurrido diversas reformas que habían mejorado la calidad de vida de la gente con el gobierno de Evo Morales y donde nuevos actores político como las comunidades indígenas se integraron al devenir estatal,  luego de 14 años de un proyecto que transformó Bolivia al punto de fabricar autos que utilizarían el litio como energía para funcionar, reduciendo significativamente el uso del petróleo a nivel mundial, se orquestó un golpe de estado, con el falso pretexto de fraude electoral desmentido posteriormente por distintos organismos multilaterales. Líderes de la oposición de la derecha más recalcitrante, eternos perdedores en las urnas, minorías parlamentarias de oposición dentro del congreso, militares antipatriotas y agencias internacionales pro imperialistas volcaron toda una estrategia que en unos días hizo dimitir al “presidente de los indígenas”, e instalaron una dictadura con la protección de Estados Unidos, lo que llevó a las calles a millones de bolivianos que fueron altamente reprimidos, apareciendo nítidamente el fascismo como fenómeno político actual. Su desesperación por hacerse del gobierno, surge por no tener el control los recursos naturales como el litio, y que al ver que un gobierno patriótico en vez de abastecer al imperio norteamericano pueda proveer a su competidor China o a Rusia, entraron en pánico; esos son los verdaderos intereses tras el golpe más allá de los errores o críticas al gobierno de Evo que han sido canalizadas por dicha oposición fascista. Esta situación evidencia la crisis de poder qué tiene Estados Unidos en la región, esto como el que buques iranís estén desembarcando en las costas venezolanas, aliados de la potencia militar Rusa, son episodios que nunca hubieran imaginado años atrás las élites norteamericana que se creen dueños de nuestra patria grande.

Es decir, la estrategia de globalización neoliberal que viene imponiendo el imperialismo norteamericano durante las últimas décadas va perdiendo la capacidad se mantenerse estable en nuestro continente, se han abierto grietas profundas en las estructuras sociales por donde los pueblos avanzan iniciando un nuevo proceso de movilización en toda la región y generándole al imperio que cree que este su patio trasero, un reordenamiento en sus relaciones de poder.

Aníbal Quijano con su categoría heterogeneidad histórico-estructural del poder, nos ha enseñado que el imperialismo se relaciona de manera distinta con cada país de América Latina, sin embargo a todos los domina; con esta mirada podemos decir que mientras a Argentina hoy la domina con préstamos y devaluaciones de su moneda, a Colombia lo hace a través de los militares y el narcotráfico, a Brasil con la religión y el comercio internacional, estas expresiones no son las únicas pero son las más notorias, todo dentro de una hegemonía cultural “blanca” occidental.

Los países de América Latina sin distinción nos encontramos ubicados en su sistema mundo moderno, o mejor dicho en un imperio mundo como explica Immanuel Wallerstein, lo que podemos sintetizar en que EE.UU y sus aliados europeos, han obligado con el capitalismo, la modernidad y el colonialismo de los últimos siglos a que todo los pueblos y nacionalidades del planeta se sometan a la creencia que el mundo que habitan, es la imagen y semejanza del mundo que europeos y norteamericanos dicen existe, un único mundo impuesto al resto de mundos de las demás geo-culturas; borrando en nuestro continente al mundo de los Maya y al mundo de los Incas. En ese sentido su formas políticas económicas y culturales son las únicas valederas, mientras que el resto expresiones o huellas del pasado, del atraso, de lo pre moderno.

Los latinoamericanos cada vez más dejamos que creer que la democracia propagandizada por los gringos sea la única forma política de ponernos de acuerdo entre todos, que la economía neoliberal sea la única que pueda distribuir y comerciar los recursos que producimos, que la química-farmacológica sea la única medicina que pueda curar las enfermedades, que la historia universal que narra el relato de que nos descubrieron un grupo de “blancos” que cruzaron el atlántico, y antes de eso éramos seres sin almas, sea la única historia posible. Esa es la hegemonía se ha puesto en tensión con las protestas de los pueblos antes de la pandemia. No solo simples reclamos para defender o incrementar derechos, sino también un móvil más íntimo, el que sean los pueblos los que determinen como se hacen las cosas.

En este complejo escenario apareció el virus COVID-19, cuya crisis ha generado un impacto mundial, que en los próximos años recién entenderemos del todo,  que va más allá de la recesión económica, así como del terrible incremento de la pobreza en el mundo. Queda evidente que el sentido de las elites de las grandes potencias occidentales con el cual ha sido enfrentada esta crisis producto la pandemia, viene agudizando los antagonismos históricos del capitalismo, que como hemos visto en América Latina ya estaba llegando a fenómenos insurreccionales con el desconocimiento de regímenes políticos y constituciones nacionales.

Se ha puesto en evidencia en la gran opinión pública lo que los politólogos y economistas que analizan el panorama mundial han estado publicitando los últimos años, la disputa hegemónica del planeta. Estados Unidos y China han jugado de manera diferente este escenario, el gobierno republicano con Donald Trump a la cabeza ha fracasado en el rol de nación líder mundial que ellos mismos se han impuesto. Mientras China ha sido el gran proveedor de la logística para enfrentar al diminuto virus en todo el globo, aprovechando los mecanismos del mercado y ensanchando la milenaria ruta de la seda.

El imperialismo norteamericano tiene la estrategia en América Latina de utilizar a sus agentes neoliberales vinculados a los organismos multilaterales, que están en los gobiernos para trasladar los fondos de los tesoros públicos de los estados hacia las oligarquías, para mantener sus alianzas, mientras tanto los gigantescos negocios que han podido seguir operando y que seguirán en ascenso son los vinculados al inmenso mercado y las mercancías comercializadas de China, intercambio más atractivo para las oligarquías del continente que cualquier subsidio por más grande que sea.

Ambas acciones agudizan las contradicciones sociales, porque en el inescrupuloso juego del poder las dos potencias apuestan por enriquecer a las oligarquías, que déspotas, racistas y criminales, han retornado a los “estados policiacos” para controlar y amedrentar a los pueblos, hechos que al sumarse a las imágenes del fracaso neoliberal en el sistema estatal como la salud, educación, pensiones pública, vivienda, transporte y otros, que quedaron desnudados con la crisis actual, y además con la quiebra de casi 3 millones de empresas formales y más de 8  millones de negocios denominados “informales”, que han duplicando los niveles de desempleo (que ya eran altos en nuestro continente), son todo un cóctel explosivo que sirve de combustible sobre las llamas avivadas de los pueblos que vuelven a las calles, a quienes solo les queda estallar los sistemas políticos para garantizan que el poder no siga en mano de las oligarquías, y conquistar gobiernos patrióticos populares para aprovechar esta disputa de la hegemonía mundial, para renegociar un nuevo rol en división internacional del reparto de la riqueza, y así poder reducir las desigualdades en América Latina.

Con lo ocurrido en los meses anteriores a la llegada de la pandemia, es seguro que los pueblos vuelven a movilizarse y esta vez tienen mayores posibilidades de imponerse. Nos avecinamos a una movilización política de las masas en todo el continente, y en el Perú no será la excepción.

 

 

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